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Gerhard Schröder, canciller de Alemania : "Tenemos que reforzar la capacidad de actuación de la UE en política exterior"

Por Ciro Krauthausen. Fascículo 14º del coleccionable "El euro". Cinco Días y EL PAÍS

Llegó al poder sin muchas nociones de política internacional tras haber desempeñado el cargo de primer ministro del land de Baja Sajonia. Pero los tres años al frente de la cancillería alemana han sido un intenso aprendizaje para Gerhard Schröder, que hoy formula claramente su visión de futuro para la Unión Europea y que, en los tormentosos tiempos que corren tras el 11 de septiembre, ha roto con el tabú de que Berlín no envía soldados a operaciones militares más allá de los confines de la OTAN. En sus respuestas a un cuestionario, deja constancia del nuevo protagonismo alemán, sin excluir una mayor integración europea.

Gerhard Schröder
Fotografía: Charles Platiau (REUTERS)
Pregunta. ¿Cuántos marcos lleva en la cartera?

Respuesta. Unos 120.

P. ¿Y en euros, cuánto es?

R. Un poco más de 61.

P. ¿Cómo se imagina usted su primera compra personal en euros?

R. Al principio, nos vamos a tener que acostumbrar todos a los nuevos billetes y monedas. Por lo demás pocos cambios va a haber: se elige lo que se quiere comprar y se paga lo que vale.

P. Usted pasaba antes por euroescéptico. ¿Hasta qué punto influía en su cautela la experiencia con la unión monetaria alemana de 1990?

R. Estas dos uniones monetarias no se pueden comparar. Por una parte, la unión monetaria alemana se produjo unos meses antes de la reunificación de Alemania. Es decir, le siguió pocos meses después una unión política. Por otra parte, en aquella ocasión no se crearon ni una nueva moneda ni nuevas instituciones; el marco alemán fue adoptado por lo que entonces era la República Democrática Alemana. La política monetaria siguió siendo responsabilidad del Bundesbank.

P. A veces es difícil entender desde fuera el gran arraigo del marco alemán en el sentir del ciudadano. La primavera pasada [2001], los alemanes favorables al euro aún eran sólo poco más del 50%. ¿A qué se debe esto?

R. Aun si el número de alemanes que está a favor del euro es ahora mucho mayor que en la primavera pasada, es verdad que los alemanes eran reticentes a la introducción del euro. Los motivos son, sobre todo, históricos: tan sólo en el siglo pasado, los alemanes vivieron dos reformas monetarias. A muchos ciudadanos eso les costó su patrimonio. El marco alemán, que se introdujo en 1948, devolvió la confianza en la política monetaria y se convirtió en una moneda muy exitosa y estable. Una moneda que también contribuyó fuertemente a marcar la imagen que los alemanes tienen de sí mismos. No es de extrañar que la reticencia sea mayor en Alemania.

P. ¿Qué ventajas económicas concretas va a traer el euro?

R. El euro aporta grandes ventajas a todos los Estados miembros participantes. Desaparecen las tasas de conversión y las de los tipos de cambio. De esta manera, las empresas tendrán una base de cálculo más fiable para sus inversiones y transacciones. El consumidor se beneficia de una mayor transparencia de precios y competencia. El euro ya ha creado un mercado financiero más grande y con más liquidez, con mayores posibilidades de inversión y de financiación.

P. ¿Y qué papel desempeña en la competencia internacional, sobre todo con Estados Unidos? ¿Influirá también en la relación política de fuerzas?

R. La zona euro tiene un peso económico comparable al de Estados Unidos. Por eso nos va a resultar más fácil defender nuestros intereses europeos en la escena internacional. También aquí le veo grandes ventajas al euro.

P.
Un espacio monetario común implica también una mayor dependencia recíproca entre economías antes más independientes. Como mayor economía de la zona euro, a Alemania le corresponde una responsabilidad especial. En el extranjero, a veces, existe la preocupación de que, pese a las reformas que usted puso en marcha, como la del sistema fiscal y la del sistema de pensiones, Alemania no avanza en políticas laborales.

R. Esas preocupaciones no tienen fundamento. Nuestras reformas están pensadas para un periodo mucho más largo que el de esta legislatura. Y también en el mercado laboral hay progresos claros. Desde 1998 hasta 2000 se han creado 1.100.000 empleos adicionales. Éstos son éxitos dignos de tener en cuenta. No obstante, queremos ir más lejos en la reducción del paro. Desgraciadamente, la actual debilidad coyuntural del crecimiento también deja su huella en el mercado laboral. Cuando la coyuntura vuelva a repuntar, también la disminución del desempleo seguirá avanzando. Y el Gobierno federal busca un desahogo adicional con programas propios: con nuestro programa para la reducción del desempleo juvenil ya hemos dado empleo, formación profesional y cualificación a 340.000 jóvenes. Así le damos a cada uno de ellos una nueva oportunidad y una nueva perspectiva.

P. Usted ha vuelto a contraponer la ética social europea al modelo estadounidense y al del sureste asiático?

R. La globalización y la división económica mundial del trabajo son hechos. No queremos ni podemos revertir esta evolución, porque las oportunidades que ofrece son muy grandes. La colaboración internacional garantiza muchos empleos en Alemania y Europa. Pero si queremos sacar todo el provecho a las oportunidades de la economía globalizada, hemos de configurar políticamente estos procesos. También en la economía mundial, necesitamos principios ético-políticos. Aquí, el papel que puede asumir Europa es importante.

Porque, entre nosotros, en Europa se ha impuesto un modelo de civilización y de sociedad que nos es propio, que se asienta en la tradición de la Ilustración europea y que apuesta por la participación como fuerza impulsora del desarrollo. Este modelo europeo es distinto del de EE UU y del sureste asiático. Europa defiende el equilibrio económico, social, cultural y ecológico, pero también la participación democrática. Para mí, la ampliación de la Unión Europea es la respuesta de Europa a la globalización. Sin una colaboración más intensa entre los europeos, no podremos configurar políticamente los procesos de globalización.

P. En sus propuestas para Europa, se habla mucho de reforzar la capacidad de actuación en la política exterior y de seguridad, pero se dice poco de reforzar la política económica y financiera desde el punto de vista comunitario de forma que vaya más allá de la unión monetaria. ¿No es ésta igual de importante?

R. En la unión económica y monetaria ya hay muy buenos instrumentos para la coordinación económica. Piense usted, por ejemplo, en las sanciones que puede imponer el Consejo si un Estado miembro acumula un déficit público demasiado alto, o piense en las recomendaciones que puede dirigir el Consejo a los Estados miembros si vulneran los ?principios fundamentales de la política económica?. Pero el reforzamiento comunitario de la política financiera no debe ser nuestro objetivo. Los Parlamentos nacionales deben seguir conservando la responsabilidad de los presupuestos nacionales.

P. ¿Va a poder arreglárselas la UE sin una armonización fiscal a fondo?

R. También en el futuro, la competencia entre los sistemas fiscales de los Estados miembros seguirá jugando un papel. Pero esta competencia debe tener lugar en un marco de ordenamiento que garantice, por un lado, que se impida que una parte de los que deben pagar impuestos esquive la tributación mediante la movilidad internacional. Por el otro, no debemos perjudicar el potencial económico de los mercados internos. Así, las decisiones sobre dónde invertir no deben tomarse sólo por las reglas fiscales. Y los obstáculos fiscales para las empresas con actividades transfronterizas o para la movilidad de los ciudadanos también deben suprimirse.

Ambos elementos, por cierto, figuran en el paquete fiscal para combatir la competencia tributaria nociva: la pretendida directiva sobre intereses, que persigue una mejor tasación de los ingresos privados por este concepto, está al servicio de la idea de justicia fiscal. En cambio, el código de comportamiento para gravar a las empresas ha de evitar que se distorsione la decisión sobre dónde invertir en los mercados internos. Alemania está empeñada en terminar en el plazo previsto la preparación de este paquete.

P. Usted ha pedido también una renacionalización parcial de la política agrícola y estructural, un punto que, sobre todo en Francia y en España, despierta escepticismo. ¿Hasta qué punto va a defender aquí Alemania sus intereses como mayor contribuyente neto de la UE?

R. Por lo visto, aquí hay unos cuantos malentendidos: el Gobierno federal se ha pronunciado varias veces a favor de que el principio de la cofinanciación, acreditado desde hace tiempo en la política estructural, también se aplique más en el ámbito de la política agraria. La Comunidad no debería financiar en su totalidad determinadas ayudas, sino exigir la participación financiera de los Estados miembros, con el fin de incentivarlos a un uso responsable y eficiente de los fondos comunitarios. Llamar a esto una forma de renacionalización me parece un error, porque no hay ninguna duda de que queremos continuar con el marco político común.

Alemania sigue estando dispuesta a participar en la financiación de la Unión en la medida de su capacidad económica. Pero debemos tener cuidado con que las decisiones sobre ingresos y gastos no den lugar a una sobrecarga neta desmesurada para algunos países. Naturalmente, esta demanda debe observarse también en el desarrollo futuro de la política agrícola y estructural europea.

P. Las cumbres de la UE se asemejan, por su intenso trapicheo, a un bazar oriental, como si los jefes de Gobierno arreglaran cuestiones esenciales lejos del ciudadano.

R. Muchos ciudadanos y ciudadanas, a veces con razón, tienen la impresión de que en la Unión Europea se toman decisiones importantes a puerta cerrada que pasan por alto sus necesidades. Precisamente por eso he impulsado un amplio debate público sobre el futuro de Europa, que en 2004 va a desembocar en una Conferencia Intergubernamental, en la que hay que llevar al banco de pruebas las instituciones y los tratados para lograr una mayor transparencia, democracia y capacidad de acción. Se trata de ver cómo una Unión ampliada puede mantener su capacidad de liderazgo. Al Consejo Europeo le tocará también en el futuro el papel de impulsor central de la política.

P. ¿Cuál es su propuesta para la redistribución de las competencias de las instituciones europeas?

R. Se trata de delimitar la responsabilidad política del ámbito europeo, y de los Estados miembros, por medio de una clara asignación de funciones, que sea comprensible para los ciudadanos. Tenemos que reforzar la capacidad de actuación de la UE sobre todo en la política exterior y de seguridad común, en la seguridad interior y en la inmigración. También en el sistema europeo de división de poderes hay una notable necesidad de reformas. Tendríamos que convertir la Comisión en un Ejecutivo fuerte. Los derechos del Parlamento deben reforzarse, dándole plena soberanía presupuestaria y mayor capacidad de codecisión. El Consejo de Ministros, cuando su actividad sea legislativa, debe convertirse en una cámara de los Estados.

P. En Europa se interpreta muchas veces que Alemania quiere traspasar su modelo federal a la UE. ¿Es posible seguir desarrollando así una creación nueva y singular como la UE?

R. En Alemania tenemos buenas experiencias con una estructura federal. Pero esto no quiere decir que sencillamente podamos y queramos traspasar nuestras estructuras a la UE. Tampoco se trata de una completa reestructuración de la Unión. Sí queremos reformas importantes para una UE transparente, eficiente y próxima al ciudadano, que además tiene que ser políticamente viable con casi 30 miembros. La base de una Europa tal debe ser una especie de Constitución. Un paso en esta dirección sería que la Carta de Derechos Fundamentales se incluyese en los tratados.

Traducción: Carmen Seco.


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